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bluebirds fly

 Banco mucho dejar de pertenecer. Los cambios bruscos. Hacer lo contrario a lo que los demás esperan. Decir que no.  Decepcionar. Los reproches. Las miradas de ojos salados. Que me pregunten por qué y no responder. No decir nada. Otorgarles el mejor de los privilegios: el de la imaginación. Dejar que se preocupen, se asusten, fantaseen. Que saquen conclusiones que ni siquiera entienden.  "Por eso soy feliz adentro y afuera"

Devórame otra vez

 Todos los sábados por la noche, la misma historia. Desesperada, inútilmente te busco: en el humo frío de los escenarios, en el incierto tembladeral de luces, en las piezas retorcidas de las cuerdas que no logro descifrar.  Pienso en vos en las esperas eternas en las barras, en la fila del baño, mientras la música vuelve. En todas las canciones, en algún lugar estás. Pero siempre lejos de mí, perdiéndote. Mis amigos me hablan pero yo no sé qué dicen. No me interesa. Entro a las redes, miro las fotos felices y no me importan en absoluto. Solamente vos estás en mi cabeza, en mi columna, en todos mis huesos. Sólo vos estás atravesado acá, en la piel, en la garganta. Tus ojos fijos mirándome. Tus ojos para siempre. No existe otra cosa, no tengo otra cosa, nada más el recuerdo de tus ojos en los míos enseñándome el amor. Tus dos ojos contra el mundo... Y es tan terrible el mundo...

Orión

Subiendo hasta el final de la escalera, en medio de la terraza rojiza y vacía de plantas, el cielo se abre en su eterno umbral sin fondo. Ubicando las "tres marías", se pueden divisar todas las demás: Betelgeuse, Bellatrix, Marte, Júpiter, Polux, Castor... hasta formar la constelación de Orión completa, con su cinturón y todo, peleando contra el toro junto con sus dos perritos protectores. Y así, con los ojos abiertos frente a la infinitud de estrellas, cayó como un rayo sobre mí la certeza de que estaba inevitablemente condenada.  No había forma de escapar de mi destino: recordar sus ojos para siempre cada vez que mirara esa lucecitas pequeñas y lejanas, cada vez que de pronto, se apareciera la luna encima de mí, cada vez que sin querer, mirara el cielo de noche, en el campo o en la ciudad, en esta ciudad o en otra, o en otro país, o en otro continente. Para siempre lo vería, para siempre las estrellas van a tener sus ojos y su risa, para siempre voy a escuchar su voz en cad...

Dolor

 Ella tiene los ojos hinchados, la cara pálida, las manos flojas. El pelo va y viene, enredado en sí mismo sin saber a dónde ir. Así está ella: derrotada. Tiene la boca cosida con sus propias manos y por su sangre corre un terror abrumador que la agota y la desespera. Yo la vi ahí, en su propio precipio, pidiendo ayuda. Y no pude hacer nada. No hice nada. Eso también soy yo. Un reflejo que late mudo, sin saber qué hacer.

Fantasmas II

 La verdad es que sí, a veces los demás tiene razón: vivo la vida rodeada de fantasmas. En sentido real y figurado. A veces me alientan, a veces me castigan, otras veces me estimulan. Pero siempre están ahí. Hablándome. Como si fueran otra voz que no es mi voz, otra conciencia, otra memoria. Mucho mejor que la mía, por cierto. Superior. Como si fuese un narrador mayor quien me escribe. Y yo dejo que me escriban, que hagan de mí lo que quieran. El problema es que no puedo escribir yo. O si puedo, pero no del todo, no como querría. ¿Escribir para quién? Bueno, principalmente para mí. Para decir mi nombre una y otra vez. Para decir quien soy. Este impulso inevitable que se está acercando cada vez más. Y que no para, no cesa. Si lo dejo entrar, me va a tomar por completo, me impulsaría a decir un montón de cosas sin sentido, poseída por una fuerza sobrenatural. Si yo escribiera todo lo que pienso, ya hubiese publicado varias novelas. Por eso tengo que empezar a escribir, aunque no lo e...

San Valentín

Cuando te vayas habrá una flor menos en un jardín que nunca fue mío dejáme aunque sea algún resto de vida, de ilusiones suaves el aroma del pan, la ropa húmeda al sol un par de vidrios rotos tirados a la basura No te pido que me dejes las llaves, ni mis libros, ni tu ropa. Ya tengo conmigo todo lo que necesito para levantarme otra vez y que no estés ahí Dejáme el recuerdo de tus ojos Que fueron hilos de luz en las columnas frías en los inviernos tenebrosos de los rincones de la casa Dejáme un rastro, al menos que me permita sentir que aunque sea por un segundo me quisiste.

Los fantasmas sí existen

Subo  al ascensor, bajo. El ascensor desemboca directamente en el departamento al que tengo que ir. Queda en el piso 12. Me cuesta salir, tengo que abrir desde afuera y me da vértigo. Lo logro. Entro. Se trata de un dos ambientes: enseguida el living colores pastel: rosa, azul y marrón. A la izquierda la cocina: plantas largas, macetas de cerámica. Enormes. Es un depto cheto y chic, como salido de puerto madero. Yo desarmo mis mochilas, tengo la intención de cambiarme de ropa para la fiesta.  Atrás del living, los ventanales: la ciudad se abre de noche, como un diamante frente a la oscuridad de mí. Lo veo. Finalmente lo veo. Errático, me dice que no, que ya no nos vamos a ver. Y a mí se me cae el mundo completamente.  Me largo a llorar desconsolada: ¿qué hay después de algo así?, ¿a dónde huir, hacia dónde correr? él se va. Yo insisto. Patadas, golpes, gritos. Todas las cartas tenían que ser jugadas en ese momento. Todas, hasta que no quede nada, ninguna. Me abrí desnudán...