abro los ojos y la oscuridad me envuelve. Sin embargo, debe haber pasado ya el mediodía. Me doy vuelta entre las frazadas, me acurruco más, recuerdo que ya no estás y me azota de nuevo el frío glacial que se asoma por la ventana. Muero de soledad, de angustia de no tenerte, de no poder abrazarte, de no poder darle-a-nadie, todo este amor incontrolable que llevo cargando como un rayo de energía en todo mi cuerpo. Tengo ganas de quedarme en la cama, por siempre acurrucada, por siempre esperando que vuelvas y que me abraces. Nada más que eso. Ahora siento sueltas las costillas, el pelo enredado, el aliento seco. Me duele el vientre, el pecho, me pican los pies, me siento incómoda. El gato tampoco está, y sin embargo... de pronto, un sonido, alguien viene. Alguien se acerca como por error pero yo sé que sos vos que venís hacia mí. Pero no, al final no era vos, no era nadie, era el viento. Y pienso en que es otoño y eso me pone triste. Frío y soledad. Desesperadas ganas de hibernar como osa. De desaparecer mientras el frío dure. Necesito alguna motivación para vivir, la que sea, algo que me impulse a salir de la cama. Y la verdad, es que esa sola motivación para mí es venir a escribir todo esto que me pasa. Porque si no lo escribo, muero. Porque si no lo escribo, nada. Porque si no lo escribo es como si me quedara dentro, es como si se me quedara como una piedra dura en mitad de los pulmones. Y ahora, que vine a escribir, sigo con frío pero me siento mejor. Al menos, algo, al menos voy al baño, me preparo un mate, miro el cielo nublado, aspiro el frío. Así es la soledad para mí: fría, húmeda, fina, ligera. Cruel podría decir, pero ahí ya le estaría otorgando características humanas. Y qué hago yo con todo este amor para dar? y qué hago yo sin nadie a quien querer, sin nadie a quien llamar desesperada a las tres de la mañana, rogándole que venga, muriéndome de amor?. Todo lo que transcurre, se llama silencio. Solamente el plac plac plac de las teclas sonando. Es desolador encontrarme aburrida desde la mañana. Nada que hacer. Nada productivo que hacer, nada útil. Solamente pensamiento que se esfuman como humo si no los escribo. Nada alcanza cuando se ama demasiado, cuando se sufre demasiado. El viento se va de mí, acumulado de hojas y yo ya no siento nada. Sólo esto. Sólo estas terribles ganas de sacarme el amor de encima y de vivir en paz.
Piel
Cierro y abro de nuevo los ojos. Releo el mensaje una y otra vez. Es ella. Siempre es ella la que le escribe. Aparecen los síntomas que ya conozco de memoria: taquicardia, sudor en las manos. El cuerpo tenso, el intestino contraído, la conciencia nublada. Vuelvo a pensar que nada de mí le alcanza, nada es suficiente. Me siento inútil, vacía. Le pregunto qué quiere de mí pero él dice que me quiere. Su respuesta no me gusta, preferiría que no me quisiera, que me expresara anticipadamente lo que tarde o temprano va a pasar: dejará de quererme. Se irá lejos, muy lejos. Se me viene a la mente la poesía de Bécquer sobre las golondrinas: "Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres.... ésas... ¡no volverán! Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar y otra vez a la tarde ...
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