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Un hermano perdido está bailando en mi cabeza. Y todo su cuerpo, sus manos, su camisa húmeda de transpiración, me llevan al compás de esa música brillante e infinita que se cuela a través de todos nuestros sentidos, quizás fantaseando con complacernos demasiado. Él es mi sangre, es mi tesoro perdido en el país de la infancia. Es el ser que habita las praderas profundas del viento, es aquél que nace siendo sombra para convertirse en una galaxia profunda e infinita. Él existe en mi cabeza y por eso lo estoy creando, lo estoy amando sin amarlo, sin conocerlo, sin poder ponerle un rostro y apenas un nombre, "Nico". Él es la fuerza que yo no tengo, es el espacio de las sobras que fui dejando inertes en el paraíso terrenal. Me pertenece. Es un hombre y me pertenece en absoluto, me deja refugiarme en sus brazos, sus dos únicos brazos que se despliegan ante mí maravillados de tristeza y de amor y me abrazan y me besan solamente con sus ojos. Su existencia es consoladora, es reconfort...
Necesito reconciliarme otra vez con sus abrazos, sus olores, sus dientes móviles del vaso de agua, la profunda soledad de las tardes y el café tostado de las mañanas. Mis abuelos fueron un ensueño en las horas de dolor, un profundo jardín agitado de aromas en donde deseaba jugar siempre. Y he perdido con ellos la nostalgia, me he ido dando cuerda a mí misma sin pensar, suponiendo que la vida se trata de sobrevivir. Mi abuelo era un hombre tímido, cerrado, aparentemente frío pero tan dulce y cariñoso como un oso de felpa. Pasé con él hermosas tardes en las que me contaba las historias que inventaba, y que eran cortos y apasionantes policiales con rasgos psicoanalistas que yo deseaba escuchar una y otra vez y otra y otra. Mi abuelo regaba sus plantas como en un ritual magnífico, todas las mañanas, las observaba largamente, les arrancaba las hojas secas, limpiaba las verdes con un trapito anaranjado para quitarles el polvo.... ese pequeño patio era también su pequeño mundo, y yo admiraré ...
El invierno El invierno se ha teñido de sus sombras, sólo la escoba vieja barre con su sonido de polvo, de trabajo para nadie, en la amargura de sentirse herida, sin que nadie la comprenda.  Tiembla sin hojas el árbol herido acostumbrado a la belleza de su ser puesto en ramas de su soltura solemne y milenaria testigo de los siglos del pasado. El invierno es el vacío solitario de los espejos que ya no reflejan de los relojes que ya no funcionan del cielo gris que se torna pesado con las horas que se arrastran en suplicio como rogando ser llevadas a otro tiempo. Tengo el círculo de la cabeza oxidado cubierto de rejas yuxtapuestas  que me cierran el paso a las ideas y el delirio fatal de la ventana es uno en el paisaje de mi tierra. No es el llanto, es la risa lo que extraño es el canto de las estrellas cuando no puedo dormir es el silbido sigiloso de la noche es el patio colmado de luna son los grillos que murmuran su canto su hueco de aire y marfi...
África África, felina inventada, ojos de cuerda, orejas de cuna. África, sirena nocturna, minina sagrada, cabeza de luna. ¿Desde qué remotas tierras has llegado hasta aquí? ¿Por qué has venido a este mundo que no sabe quererte? ¿Te irás alguna vez? ¿Volverás a tu origen? No te vayas, princesa, no me dejes nunca. Y si debes partir, ¡lleváme con vos! ¡A no importa dónde! África, leona viajera, indiscutida reina de los tejados celestes, orbitas en la noche como una musa salada. Sombra del tiempo, suspiro de estrella, tu ronroneo solitario se convierte en orquesta. África, gata azulada, intrépido ser de sencillos placeres. Hundir mi mano en tu tibia espesura, es como acariciar un susurro de liebre. África, reinás sobre los astros, sin saberlo, los gobiernas. Con tus garras inofensivas de leona te aferrás a las frazadas como abrazándolas, y yo, te contemplo estupefacta, emocionada de tan simple belleza. Mis lágrimas serenas ...
Tarde nevada Isamel estaba sentado solo sobre un banco de mármol. El frío lo obligaba a sentarse en una sensación casi fetal, como abrazándose a sí mismo. Estaba vestido con su traje de siempre, fúnebre e impecable, con su chaqueta de algodón gris y su enorme sombrero acaudalado. No tenía guantes ni bufanda porque esas ropas no eran usadas por los hombres de su edad en esos lados y en esos tiempos. Sus típicos anteojos combinaban con su barba seca y enorme, que le cubría todo el cuello y le daba un aspecto solemne e inspirador. Ismael observaba la nieve que caía a su alrededor como si mirara una película muda. Sentía el placer egoísta de sentirse solo con la nieve, se creía dueño de aquél paisaje gris e invernal que a pesar de que lo obligaba a sentarse en las más extrañas posiciones, también le transmitía una tranquilidad profunda. Aquella mañana, Ismael había salido de su casa, decidido a hacer algo muy importante y trascendente para su vida, es decir, para todo el universo. I...
Esa noche, Luis se quedó en el hotel. Se encontraba solo por primera vez en su vida, sin ningún lugar al que ir, sin ningún bar a dónde ir a tomar esas copas eternas que lo acompañaban durante todas las noches. De forma absolutamente casual yo también me quedé sola en la habitación esa noche. Hacía mucho frío, las paredes mismas temblaban, había un viento a ráfagas feroces que todo lo cortaban y no había hecho tanto invierno en muchos años. Fue por eso, supongo yo, que Luis y yo decidimos quedarnos en el hotel, aunque estábamos en habitaciones separadas. Él estaba en la habitación número nueve y yo en la once, y la habitación diez, nunca supe por qué, estaba siempre vacía. La diez era el único lugar que se hallaba totalmente cerrado a los huéspedes, a pesar de que el resto del hotel estuviera repleto. Como contaba, esa noche fría de agosto, Luis y yo estábamos solos por primera vez en el hotel. En nuestras habitaciones, claro. Yo dudaba en invitarlo a la mía a tomar una copa o no. Él m...
Debo resignar algunas cosas si pretendo ser feliz. Simplemente, porque no puedo hacer todo lo que quisiera, puesto que para ciertas cosas tengo una férrea disciplina y para otras no me alcanzan la persistencia y el conocimiento. Quizás es muy fácil decir esto sentada en una cama cómoda y sin ninguna preocupación, quizás suene sencillo decir que se resigna a cosas importantes desde el banquillo de la comodidad. Pero no es fácil, más bien, es pesado y doloroso. Resignar una parte de mi, para siempre.  Ahora que hablé con ella, me siento viva. Reafirmo lo que dije antes: tengo que resignar ciertas cosas. Pero ahora ya no hablo desde la comodidad, hablo desde la desesperación. No voy a ser nunca la princesa encantada que creí ser, voy a conservar siempre ese dejo de melancolía, esos aires de pobreza. Quién soy? A qué estoy dispuesta? Para qué seguir?. No por mí, porque ella me necesita. Ella es la reina absoluta de mi vida, no soy yo. Y mis ganas de escribir novelas?. Esta vez voy a t...