Entradas

Navidad

Me vuelvo pez, vida, muerte, me desenvuelvo la lengua la desenrollo hasta que vomito. Estoy tan triste de mí que no me aguanto. Me transpiran los dedos mientras escribo porque no puedo decir lo que todavía no comprendo. Me duele la columna, me pesan las vértebras, me cruje la espalda si me inclino hacia el costado y de nuevo pienso que no debería estar tratando de decir esto que al final nunca digo, pero entonces vuelvo a cerrar los ojos, los abro, parpadeo, miro hacia el techo rosado el reflejo de la tarde pálida que no tardará en difuminarse, en desaparecer, no tardará en desaparecer como yo, como este día, como esta hora, como esta tarde. Me quedan solamente nueve uvas moradas en el plato que no puedo terminar de ingerir, ya comí demasiadas. Me abruma esa existencia fresca y veraniega de las uvas, me irrita la certeza de vida de casi todas las frutas y las verduras. Al final y al cabo creo que lo que ocurre es que me pone melancólica el ritual de las navidades. El intento torpe d...

La cinta

La cinta estaba lista para ser usada. Abrí el compartimento donde cabía la bobina, lo cerré y apagué las luces. Todo comenzó a brillar frente a mí como en una película. Entonces lo vi todo: esas imágenes celestes se movían mientras yo, sin comprenderlas, me emocionaba. Se escuchaban risas, llantos, juegos, pero sobre todo un movimiento continuo, perpetuo, casi que mareaba. Fue entonces cuando el rollo de cinta comenzó a incendiarse. Giraba cada vez más rápido y yo no la pude parar, las imágenes continuaban, el rollo seguía se desenvolvía sin freno y comenzó entonces a producir un sonido subterráneo, escandaloso que era como un "rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr" que se iba acrecentando. El fuego no cesaba, no se extinguía y yo opté por resignarme, y comencé a ver como las imágenes movidas y vivaces que había visto hacía unos minutos, comenzaba a convertirse en hondos agujeros oscuros, con olor a cinta chamuscada, los rostros se distorcionaban, las risas se convertían en alaridos, era la...

el lenguaje

El lenguaje es el mayor de todos los idiomas. Es el tiempo de todos los pájaros, es el alcance de todas las cosas. El lenguaje es libre. Es la más libertaria de las artes y por eso, la más bella y sublime. No tiene límites, ni censura, ni anhelos incumplibles, ni reglas físicas, ni espacio. Es el templo de los niños, el corazón sangrado de los seres, el sonido del mar está hecho de lenguaje. El lenguaje nació para mi una noche de verano profundo en el centro de la ciudad de San Bernardo, que está situada en las costas del Mar Argentino. Antes de la cena, me llevaron de paseo a un parque de juegos infantiles y -supongo que por decisión mía-, me encontré de pronto montada sobre un largo y precioso cisne de mármol. Era un cisne blanco, enorme, y tan bello y bien formado como si fuese de verdad, a pesar de que nunca había visto uno. Su cuello con forma de ese, se erguía con una elegancia irrepetible, su cabeza de pato miraba serenamente al frente, pálida e inmóvil. Yo estaba sentada j...

Primavera

De pronto, del sendero han brotado  los múltiples ramos de flores lilas, verdes, rojos, naranjas, que ha traído la estación, junto al sol imponente. Es como si la naturaleza al fin pudiera desplegarse, ser más bella, más real como si no hubiese filtros, ni sombras, como si los inmensos paisajes de campo fueran solamente éstos y no aquellos otros, cuando están tristes y nublados. Los pájaros emiten su canto infaltable, lo colorean todo con su sonido. Los arbustos emergen continuamente, Y no hay animal que falte, en ningún lado. Los seres que habitamos la tierra, Los que hemos tenido la dicha de disfrutarla, amamos la vida. Porque, y no temo decirlo, Por más guerras y desastres, Por más muertes y precipicios, ¿Quién se siente sólo bajo un árbol, Ante la mirada definitiva del sol, Sintiendo la suave brisa matinal, Junto al sendero, frente a esa vida, colmada de frutos?
Atardece, los violines celestiales se chocan, se agitan, el manto rojo se revuelve, se mezcla, se funde y se confunde, se torna de rojo a naranja, de rosa a violeta, se transforma y desenvuelve en sí mismo. Es el estruendo especial de todas las luces. La tarde está cayendo, el sol está torcido.
Un hermano perdido está bailando en mi cabeza. Y todo su cuerpo, sus manos, su camisa húmeda de transpiración, me llevan al compás de esa música brillante e infinita que se cuela a través de todos nuestros sentidos, quizás fantaseando con complacernos demasiado. Él es mi sangre, es mi tesoro perdido en el país de la infancia. Es el ser que habita las praderas profundas del viento, es aquél que nace siendo sombra para convertirse en una galaxia profunda e infinita. Él existe en mi cabeza y por eso lo estoy creando, lo estoy amando sin amarlo, sin conocerlo, sin poder ponerle un rostro y apenas un nombre, "Nico". Él es la fuerza que yo no tengo, es el espacio de las sobras que fui dejando inertes en el paraíso terrenal. Me pertenece. Es un hombre y me pertenece en absoluto, me deja refugiarme en sus brazos, sus dos únicos brazos que se despliegan ante mí maravillados de tristeza y de amor y me abrazan y me besan solamente con sus ojos. Su existencia es consoladora, es reconfort...
Necesito reconciliarme otra vez con sus abrazos, sus olores, sus dientes móviles del vaso de agua, la profunda soledad de las tardes y el café tostado de las mañanas. Mis abuelos fueron un ensueño en las horas de dolor, un profundo jardín agitado de aromas en donde deseaba jugar siempre. Y he perdido con ellos la nostalgia, me he ido dando cuerda a mí misma sin pensar, suponiendo que la vida se trata de sobrevivir. Mi abuelo era un hombre tímido, cerrado, aparentemente frío pero tan dulce y cariñoso como un oso de felpa. Pasé con él hermosas tardes en las que me contaba las historias que inventaba, y que eran cortos y apasionantes policiales con rasgos psicoanalistas que yo deseaba escuchar una y otra vez y otra y otra. Mi abuelo regaba sus plantas como en un ritual magnífico, todas las mañanas, las observaba largamente, les arrancaba las hojas secas, limpiaba las verdes con un trapito anaranjado para quitarles el polvo.... ese pequeño patio era también su pequeño mundo, y yo admiraré ...