Respiro ahora el aire que se me agota mientras trato de alcanzarlo con los dientes. Cierro los ojos y vuelvo a sentir de nuevo la sensación de haber estado muerta durante mucho tiempo. He visto muchas caras esta noche. Ninguna era la tuya. Se iban acercando poco a poco hacia mí, me observaban atentas desde el otro lado aquel. Y yo, humillada y miserable desde el fondo de mi jaula, no hacía más que morder mis pensamientos como si fueran huesos recién desterrados por algún zorro hambriento. Detesto esta suerte maldita que me ha tocado. Este infierno citadino, alborotado de luces y sonidos y cables trasversales y semáforos que cruzan de un lado al otro y gentes que caminan y caminan y caminan. Ayer mismo, cuando atardecía, vi morir un pájaro al posarse en uno de esos cables. Vi el instante aquel en el que se quedó tieso de pronto junto al poste alto del otro lado de la cuadra, y vi cuando se desvaneció suavemente hacia el vacío absurdo de la muerte absurda. Vi también hombres y mujeres h...
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La víspera (3)
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La víspera de navidad transcurriría en las afueras de la casa: nosotros llenaríamos el jardín de juegos, guirnaldas, adornos, disfraces, sonidos. Mi adrenalina iba en aumento porque sería la primera navidad que pasara con ellos, con esa familia tan lejana y extraña que veía cada tanto y que no conocía del todo. Y más que nada, cerca de Roberto. Sentía hacia él, un sentimiento extraño, el que transitaba entre una mezcla de envidia y admiración. Amaba de él su carácter, su capacidad de liderazgo, su carisma, su inteligencia. Pero lo envidiaba porque sentía que él no era justo conmigo, que no me dejaba participar de los juegos como yo quería, que siempre quería dirigir, que no nos daba espacio a los demás para proponer otras cosas. Sin embargo, hubo una mañana en que su presencia empezó a incomodarme. Me levanté yo muy temprano, apenas amanecía, y el cielo esbozaba sus primeros rayos de claridad. Hacía frío y en los árboles parecían habitar todos los pájaros del mundo. Salí al jardín, por...
la mañana
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un gato maulló, un gallo cantó, una paloma se posó sobre el cable de luz de la esquina y emitió su gorjeo, que parecía más bien un lamento absurdo y triste pero que en realidad, era un anuncio natural, como el de todas las mañanas, a la misma hora. El día apresurado, comenzó a elevarse. En lo alto, estallaba el sol y el pronóstico anunciaba una subida en la sensación térmica para el mediodía. Ella estiró los brazos, desenfundó la cama, subió la persiana y salió al jardín. Algunas flores, silenciosas, temblaban con el viento. El cielo se abría como un espectáculo de luz. -qué extraña es la mañana, dijo porque sí, mientras hervía agua para el mate y preparaba una bolsa para ir al chino a comprar pan y mermelada. Una canción de moda sonaba en la radio de algún vecino, un reggaetón o una salsa, algo movido. Nadie, pero nadie, absolutamente nadie, es tan inhumano como para no saber disfrutar las mañanas como ésta, pensó luego. Pero también pensó que aquélla no era solamente una mañana sino ...
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eso quedó atrás, como quedan las cosas que un día se van y que no vuelven y me hiciste perder para que yo sienta en carne propia lo que sentiste vos, que solamente perdiste pero no te diste cuenta de que yo ya había perdido antes y que entonces perdemos los dos y nos castigamos y azotamos y nos golpeamos uno al otro como dos mamarrachos que somos, y qué más te puedo decir, qué más te voy a escribir, qué días serenos sin sol nos esperan, qué angustias, qué hambres, qué malestares, qué inconsistencias, desde dónde volverán todas nuestras monstruosidades para qué nunca si fue siempre todo en medio de la paz, la libertad es poder prenderse fuego
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abro los ojos y la oscuridad me envuelve. Sin embargo, debe haber pasado ya el mediodía. Me doy vuelta entre las frazadas, me acurruco más, recuerdo que ya no estás y me azota de nuevo el frío glacial que se asoma por la ventana. Muero de soledad, de angustia de no tenerte, de no poder abrazarte, de no poder darle-a-nadie, todo este amor incontrolable que llevo cargando como un rayo de energía en todo mi cuerpo. Tengo ganas de quedarme en la cama, por siempre acurrucada, por siempre esperando que vuelvas y que me abraces. Nada más que eso. Ahora siento sueltas las costillas, el pelo enredado, el aliento seco. Me duele el vientre, el pecho, me pican los pies, me siento incómoda. El gato tampoco está, y sin embargo... de pronto, un sonido, alguien viene. Alguien se acerca como por error pero yo sé que sos vos que venís hacia mí. Pero no, al final no era vos, no era nadie, era el viento. Y pienso en que es otoño y eso me pone triste. Frío y soledad. Desesperadas ganas de hibernar como os...
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Ahora sí. Estoy parada frente a la ventana sin sombras. El mediodía pleno como todos los anteriores. El cielo blanco. Los brazos extendidos abrazan el aire gris. Nada se mueve. Hoy llovizna y se oyen aun más los bocinazos en las calles. La gente calla o grita pero al mismo tiempo, cuando llueve en la ciudad, los vínculos de solidaridad se estrechan, las personas se ayudan un poco más. O eso me parece. Me parece eso mientras me aventuro con decisión a cruzar la calle bajo el paraguas rojo. No pienso en nada y tampoco trato de correr. Podría caerme y morir, quizás. Quizás no. Eso pienso. El semáforo me espera. Una paloma surge de la nada. Se me mojan los zapatos, me arde un poco la garganta y me la toco un poco, porque el calor de mi mano húmeda me calma. Entro al subte, cierro el paragua antes, y veo una fila enorme de gente esperando a que pare la lluvia. Y si nunca para? Pienso. Van a estar esperando a que pare por toda la eternidad. Me parece ridículo esperar a que pare la llu...