Hoy me arrepentí de haberme despertado. Escuché otra vez las voces inquietas de mis vecinos acariciándome el oído con murmullos cada vez más fuertes. Sin embargo, ha sido una mañana clara y tranquila. El sol es hoy rosado y no hay ninguna nube. El día parece infinito desde mi ventana. Lo veo nacer como una corola de espuma y pienso. Es agradable el mate a la mañana, los libros, las noticias. La mañana tiene algo de infinito que no puedo explicar, es como si cada mañana fuera diferente, a diferencia de las tardes que son siempre las mismas y a diferencia de las noches, que se pierden entre los pensamientos. Esta mañana es fresca pero no fría, y es sutilmente alegre. Me gusta. La disfruto en soledad, egoístamente. Quiero pensarla, quiero atravesarla, quiero hacer de esta mañana, una mañana distinta pero no encuentro cómo. Esa constante voluntad de intervenir que me penetra el alma, esa percepción infinita que me alienta a seguir. Y entonces, quién soy? Para qué escribir novelas? No lo sé y me lo pregunto y me escribo, me escribo siempre a mí misma como un fantasma, como un reflejo, como un espejo interminablemente mío que soy yo pero no soy. Y me gusta saberme mía, propietaria de mis letras, cada una de ellas dicen tantas cosas. Divago y más divago. No tengo calma, y tengo miedo. Miedo de vivir, miedo de ser alguien.
No es necesario darle tantas vueltas a las cosas. A veces solamente es un fin. Y está bien que así sea. Así soy. Así vivo. De punto en punto, de final en final. Y soy capaz de asumirlo, tranquilamente. Haciéndolo totalmente parte de mí. Me siento ajena a ese mundo vacío de contenido, de palabras. Tan distinta. Ni mejor, ni peor. Sólo distinta, como si no encajara. Como si no fuese a ser nunca lo que esperan de mí. Y es muy terrible la sensación no estar nunca a la altura, no llegar jamás, de verlos en silencio, mirándome sin verme, sin decir nada, ese silencio terrible de mil palabras estúpidas, ríos conceptuales con vertientes conocidas y estudiadas, con párrafos predeterminados, como un check-list de palabras que "hay que decir". ¡Qué absurdo! Ellos no vivieron nada, no conocen la sed, la muerte. La desesperación. Eso es lo que te cambia la vida en el fondo: estar desesperado. Una no mira el mundo con los mismos ojos después de tener en brazos el cuerpo frío de tu abuelo, d...
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