Lluvia

Llegó el otoño vestido de un viento brutal, llevándose todo por delante. Más que fresco, frío, silbidos y lluvia gris, hacen de esta mañana un paisaje sombrío y solitario. 
Hoy me quedé en casa. Me duele el estómago, el abdomen. Y además, necesitaba descansar. Descansar de mí, de mis pensamientos y emociones. De mis preguntas que me acorralan una y otra vez: ¿seré yo la que está mal?, ¿será él?, ¿por qué pienso tanto en esto?, ¿por qué le pongo tanta energía a esta relación?, ¿por qué espero demasiado de los demás?, ¿por qué pongo las expectativas tan altas?, ¿por qué nunca soy suficiente?, ¿por qué insiste en vez de rendirse, como me rindo yo?, ¿qué hay en el fondo de todo este asunto?, ¿valdrá la pena?, ¿se me está pasando el tiempo? ¿me quiero mudar realmente?, ¿y si me mudo y sale mal?, ¿y si no me mudo y después me arrepiento?, ¿tiene sentido mudarse así, con todas estas dudas?
Mi cabeza no para. Lo busca, lo vigila. Lo quiere y lo rechaza al mismo tiempo.
Estoy agotada. Estos días fueron intensos y abrumadores. No tengo comida ni plata, y no me importa. ¿Por qué no puedo ser como los demás?, ¿tener pareja, convivir, trabajar, ir a almorzar los domingos, fingir demencia con los asuntos que me molestan?, ¿por qué no puedo ser así?, normal, estándar, encajar. ¿Por qué esta necesidad siempre de estar afuera, de no soportar ni un segundo que alguien escriba mi vida? Tengo un fuego maldito quebrándome las entrañas, las vísceras. 

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