Diario de una mudanza I

Mientras el vendedor nos mostraba los sillones, señalándolos y explicando sus tamaños y texturas, dijo de pronto: "o sino tienen ese, color uva". Y bastó solamente con esa palabra, para que todo alrededor, se encendiera. Esa palabra fue como un hechizo y sí, efectivamente aquél sillón era color uva, no violeta, tampoco morado y muchísimo menos bordó, era color UVA, una uva hecha y derecha y ahí estaba, como esperándonos hasta que dijimos al unísono que sí, que queríamos ese sillón color uva y mientras hacíamos los trámites de la compra, me sentí feliz de tener un sillón, encima nuevo y para colmo, color uva, uvísima. Me lo imaginé en un rincón del living, apoyado sobre la pared, emergiéndole ramas y sarmientos y hojas verdes hasta el techo, haciéndose cada vez más amplio, acolchonado y vivo hasta que luego de varios meses, le salieran las uvas y se enredaran más y más por todo el departamento y escalaran por el patio y crecieran hasta el balcón de los vecinos que indudablemente se quejarían ante semejante intromisión de la naturaleza. No es un sillón cualquiera. Es un sillón-parra, un sillón florido, un sillón dionisíaco, un sillón malbec.

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