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La navidad terrible

 Al fin se cumplió el sueño. Al fin, me voy. Al fin. Aquello que tanto quería, de pronto está sucediendo. Y no es poco. Al revés, es muchísimo. Viajar, recorrer, conocer, comprender, preguntar. Todo ahora, ahí nomás, en unos pocos y eternos días.  Y sin embargo, estoy triste. Nunca me sentí tan pero tan triste en un día navidad. Por el contrario, siempre fue una fecha que anhelaba, que esperaba con ansias, con ilusión, y que me relajaba, me ponía contenta.  Pero ahora, acercándose el viaje, por primera vez en mi vida siento un vacío, un agujero, un orificio sin fondo en el medio del alma que me ancla y que me pesa y me arrastra hacia abajo. Pienso en todo, pienso y pienso y no paro de pensar ni un segundo. Pienso en todo lo que tengo que hacer, ahora y en la vida. Pienso en todo lo que me falta todavía. Detesto además toda la gente, ya no soporto a nadie, ni familiares ni amigos, ni vecinos. A nadie, ni a la gata ya soporto. Estoy harta de fingir, de agradecer, de ponerme...

Hay que llevar las experiencias hasta

 ...hasta el final, hasta ser in (in) te rrum pi das. Hasta sacar la joya oculta en el corazón del pozo, entre el pulmón y las costillas. Nadie sabe nada, nadie se asemeja a nadie. Ni siquiera yo, este espectro falaz sin historia ni nombre. Yo no soy como los otros humanos. Para nada nos parecemos. 

Otra vez domingo

 Una vez más un domingo terrible. Soleado, pleno, insoportablemente agradable. No tan caluroso. Y estas ansias infinitas de morir. ¿Cómo explicarle a él que yo vengo de otro mundo, que para mí no brilla el sol?. Él no comprende esta angustia, este transcurrir desesperado, esta imposibilidad de ser. Él se va, así nomás, se va simplemente con su vida. Y yo, yo me quedo sola, nada más que conmigo, despedazándome de a poco, desarmándome, desplazándome entre palabras tristes y pensamientos como cuchillos. Lo extraño, ya lo extraño y al mismo tiempo no quiero que vuelva. Estoy cansada de vivir, harta de lidiar conmigo, con la tristeza infinita de mi madre, con las jefas perversas y las amigas lejanas. Estoy cansada de hacer de cuenta que estoy bien, de fingir alegrías,  de inventar proyectos. Son demasiados años de soledad. Y este mandato de ser feliz, esa torpeza de los inútiles que no entienden la vida. Él me quiere, no lo dudo. Pero no sufre. No se deshace leyendo una poesía o mi...

Cuándo es un buen momento para escribir?

Posiblemente ahora. Con esta luz celeste colándose por las ventanas. Un coro de pajaritos chilla desaforado. Interrumpieron mi sueño hace un rato, mientras viajaba en trolebús por las calles húmedas de Lisboa con mi madre. Un sueño dentro de otro sueño.

domingo

De nuevo, lo de siempre. Todos mis domingos son iguales. Este instinto desolador de tenerte, y cuando te tengo, de rechazarte. No quiero tu amor normal. Tu amor de palabras vanas. No quiero tu amor de sesión de terapia, tu amor primaveral. No quiero tu amor predecible, tu simple amor. Tu amor ordenado, que cabe en mi ropero. Me duele la simpleza de las cosas. Me angustia que te angustie mi dolor. Me duele entregarte mi herida de a poco. Y que quieras cuidarla, pero aunque lo intentes, que no sepas. Me duele este impulso irrefrenable de escribir. Me duele el silencio en el que surgen las palabras. Me duele más o igual que los domingos. Pienso en si serán así de terribles mis domingos en Granada. Pienso en la soledad todos los días. Pienso en mi soledad de niña. Pienso que la soledad es lo mismo que escribir. Pienso viajar a Europa y volver y dedicarme únicamente a lo que me gusta. Es decir, a ésto. Es decir, a no decir nada. Es difícil explicarlo. Como si hablara en diferido. No sé cómo...

Los boleros y el "tú"

Ódiame Bésame Mátame Perdóname Olvídame Ámame Quiéreme Escúchame Abrázame Tómame Desgárrame Siénteme En los boleros, lo más importante es el "tú". Ni el inmenso YO ni el cálido "nosotros", ni el acusador "ellos". ¿Qué es un bolero, y tú me lo preguntas? Un bolero... un bolero eres tú.
No es necesario darle tantas vueltas a las cosas. A veces solamente es un fin. Y está bien que así sea. Así soy. Así vivo. De punto en punto, de final en final. Y soy capaz de asumirlo, tranquilamente. Haciéndolo totalmente parte de mí. Me siento ajena a ese mundo vacío de contenido, de palabras. Tan distinta. Ni mejor, ni peor. Sólo distinta, como si no encajara. Como si no fuese a ser nunca lo que esperan de mí. Y es muy terrible la sensación no estar nunca a la altura, no llegar jamás, de verlos en silencio, mirándome sin verme, sin decir nada, ese silencio terrible de mil palabras estúpidas, ríos conceptuales con vertientes conocidas y estudiadas, con párrafos predeterminados, como un check-list de palabras que "hay que decir". ¡Qué absurdo! Ellos no vivieron nada, no conocen la sed, la muerte. La desesperación. Eso es lo que te cambia la vida en el fondo: estar desesperado. Una no mira el mundo con los mismos ojos después de tener en brazos el cuerpo frío de tu abuelo, d...

Piel

Cierro y abro de nuevo los ojos. Releo el mensaje una y otra vez. Es ella. Siempre es ella la que le escribe. Aparecen los síntomas que ya conozco de memoria: taquicardia, sudor en las manos. El cuerpo tenso, el intestino contraído, la conciencia nublada. Vuelvo a pensar que nada de mí le alcanza, nada es suficiente. Me siento inútil, vacía. Le pregunto qué quiere de mí pero él dice que me quiere. Su respuesta no me gusta, preferiría que no me quisiera, que me expresara anticipadamente lo que tarde o temprano va a pasar: dejará de quererme. Se irá lejos, muy lejos. Se me viene a la mente la poesía de Bécquer sobre las golondrinas: "Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres.... ésas... ¡no volverán! Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar y otra vez a la tarde ...

bluebirds fly

 Banco mucho dejar de pertenecer. Los cambios bruscos. Hacer lo contrario a lo que los demás esperan. Decir que no.  Decepcionar. Los reproches. Las miradas de ojos salados. Que me pregunten por qué y no responder. No decir nada. Otorgarles el mejor de los privilegios: el de la imaginación. Dejar que se preocupen, se asusten, fantaseen. Que saquen conclusiones que ni siquiera entienden.  "Por eso soy feliz adentro y afuera"

Devórame otra vez

 Todos los sábados por la noche, la misma historia. Desesperada, inútilmente te busco: en el humo frío de los escenarios, en el incierto tembladeral de luces, en las piezas retorcidas de las cuerdas que no logro descifrar.  Pienso en vos en las esperas eternas en las barras, en la fila del baño, mientras la música vuelve. En todas las canciones, en algún lugar estás. Pero siempre lejos de mí, perdiéndote. Mis amigos me hablan pero yo no sé qué dicen. No me interesa. Entro a las redes, miro las fotos felices y no me importan en absoluto. Solamente vos estás en mi cabeza, en mi columna, en todos mis huesos. Sólo vos estás atravesado acá, en la piel, en la garganta. Tus ojos fijos mirándome. Tus ojos para siempre. No existe otra cosa, no tengo otra cosa, nada más el recuerdo de tus ojos en los míos enseñándome el amor. Tus dos ojos contra el mundo... Y es tan terrible el mundo...

Orión

Subiendo hasta el final de la escalera, en medio de la terraza rojiza y vacía de plantas, el cielo se abre en su eterno umbral sin fondo. Ubicando las "tres marías", se pueden divisar todas las demás: Betelgeuse, Bellatrix, Marte, Júpiter, Polux, Castor... hasta formar la constelación de Orión completa, con su cinturón y todo, peleando contra el toro junto con sus dos perritos protectores. Y así, con los ojos abiertos frente a la infinitud de estrellas, cayó como un rayo sobre mí la certeza de que estaba inevitablemente condenada.  No había forma de escapar de mi destino: recordar sus ojos para siempre cada vez que mirara esa lucecitas pequeñas y lejanas, cada vez que de pronto, se apareciera la luna encima de mí, cada vez que sin querer, mirara el cielo de noche, en el campo o en la ciudad, en esta ciudad o en otra, o en otro país, o en otro continente. Para siempre lo vería, para siempre las estrellas van a tener sus ojos y su risa, para siempre voy a escuchar su voz en cad...

Dolor

 Ella tiene los ojos hinchados, la cara pálida, las manos flojas. El pelo va y viene, enredado en sí mismo sin saber a dónde ir. Así está ella: derrotada. Tiene la boca cosida con sus propias manos y por su sangre corre un terror abrumador que la agota y la desespera. Yo la vi ahí, en su propio precipio, pidiendo ayuda. Y no pude hacer nada. No hice nada. Eso también soy yo. Un reflejo que late mudo, sin saber qué hacer.

Fantasmas II

 La verdad es que sí, a veces los demás tiene razón: vivo la vida rodeada de fantasmas. En sentido real y figurado. A veces me alientan, a veces me castigan, otras veces me estimulan. Pero siempre están ahí. Hablándome. Como si fueran otra voz que no es mi voz, otra conciencia, otra memoria. Mucho mejor que la mía, por cierto. Superior. Como si fuese un narrador mayor quien me escribe. Y yo dejo que me escriban, que hagan de mí lo que quieran. El problema es que no puedo escribir yo. O si puedo, pero no del todo, no como querría. ¿Escribir para quién? Bueno, principalmente para mí. Para decir mi nombre una y otra vez. Para decir quien soy. Este impulso inevitable que se está acercando cada vez más. Y que no para, no cesa. Si lo dejo entrar, me va a tomar por completo, me impulsaría a decir un montón de cosas sin sentido, poseída por una fuerza sobrenatural. Si yo escribiera todo lo que pienso, ya hubiese publicado varias novelas. Por eso tengo que empezar a escribir, aunque no lo e...

San Valentín

Cuando te vayas habrá una flor menos en un jardín que nunca fue mío dejáme aunque sea algún resto de vida, de ilusiones suaves el aroma del pan, la ropa húmeda al sol un par de vidrios rotos tirados a la basura No te pido que me dejes las llaves, ni mis libros, ni tu ropa. Ya tengo conmigo todo lo que necesito para levantarme otra vez y que no estés ahí Dejáme el recuerdo de tus ojos Que fueron hilos de luz en las columnas frías en los inviernos tenebrosos de los rincones de la casa Dejáme un rastro, al menos que me permita sentir que aunque sea por un segundo me quisiste.

Los fantasmas sí existen

Subo  al ascensor, bajo. El ascensor desemboca directamente en el departamento al que tengo que ir. Queda en el piso 12. Me cuesta salir, tengo que abrir desde afuera y me da vértigo. Lo logro. Entro. Se trata de un dos ambientes: enseguida el living colores pastel: rosa, azul y marrón. A la izquierda la cocina: plantas largas, macetas de cerámica. Enormes. Es un depto cheto y chic, como salido de puerto madero. Yo desarmo mis mochilas, tengo la intención de cambiarme de ropa para la fiesta.  Atrás del living, los ventanales: la ciudad se abre de noche, como un diamante frente a la oscuridad de mí. Lo veo. Finalmente lo veo. Errático, me dice que no, que ya no nos vamos a ver. Y a mí se me cae el mundo completamente.  Me largo a llorar desconsolada: ¿qué hay después de algo así?, ¿a dónde huir, hacia dónde correr? él se va. Yo insisto. Patadas, golpes, gritos. Todas las cartas tenían que ser jugadas en ese momento. Todas, hasta que no quede nada, ninguna. Me abrí desnudán...

Río

  Alta, fértil, acuosa. La sangre en la isla es el río que vierte su ritmo arcaico sobre la tierra. Que susurra agua. Todo alrededor es vida. En su vientre, aparece entre los matorrales la mariposa Bandera que sobrevuela los pantanos con curiosidad embrionaria.  Hay dos o tres árboles con raíces fuertes que resisten tormentas, lluvias, truenos. Miles de cadáveres se hunden para siempre en el ciclo inevitable. Al final del día, cuerpos celestes: el jardín azul se desborda en estrellas.

los trenes sólo juntan polvo

Sólo personas tocando el sikus y niños sucios que bailan. Las vías ya no son suficientes. El tren pertenece al siglo XX, como el fútbol y las radios eléctricas

La ensaladera verde de mi abuela en un museo austríaco

La bandera de Austria está dividida en tres franjas horizontales: una roja, otra blanca y abajo, roja de nuevo. Pero la mía, mi bandera, era azul más bien oscuro, con algo rojo al costado y muchas estrellitas blancas esparcidas, más bien parecida a la verdadera bandera de Australia.  Más allá de esta confusión de nombres, había otro edificio que se erguía de pronto entre las calles, histórico y monumental, con un letrero tallado en piedra: ARGENTINA. Yo, desorientada, entraba (siempre entro), y allí se desplegaba un sinnúmero de cosas: objetos, utensilios típicos, almanaques, revistas, adornos, recuerdos. Todos representaban al país, que era el primero porque empezaba con A y los galpones estaban ordenados alfabéticamente. Por eso (?) después le seguía Bolivia, y así. Yo recordaba haber visto algunos de esos objetos en la casa de mis abuelos cuando tenía siete años. Me daba cuenta de que en el fondo, todos los objetos que nos rodean, tienen un sentido. Que ninguno está ahí "porque...